Si pudiera hacer lo que quisiera, me iría al centro de la tierra, nuestro planeta,
y buscaría uranio, rubíes y oro.
Intentaría encontrar monstruos perfectos.
Después me iría a vivir al campo.

Florie Rotondo, ocho años.
(Truman Capote)

Por: Miguel Cane

Recuerdo que en el año que se estrenó El Diablo viste a la moda (2006), me sentí muy intrigado de ver una comedia cinematográfica protagonizada por ese monstruo divino llamado Meryl Streep; sobre todo porque, por ese entonces, Meryl no estaba exactamente asociada al género. Quiero decir, la habíamos visto llorar hasta el paroxismo en La decisión de Sofía. Salvo las excepciones La muerte le sienta bien y La Diabla, Miss Streep no era muy afecta a aventurarse en estos derroteros.

En ella, interpreta a una tal Miranda Priestly (ostensiblemente inspirada en la editora de la revista Vogue, Anna Wintour), un genio de mal talante y exquisito gusto para los trapos, que maneja la revista como un déspota a su comarca. La película, dirigida por David Frankel como siguiendo los preceptos establecidos por el enorme George Cukor, es divertida, una adaptación muy lograda de un libro bastante inferior, y sobre todo, una oportunidad notable de ver a la Streep haciendo lo que realmente sabe hacer: actuar. Y también, por otras circunstancias, me remitió a ciertos episodios de mi vida, y esto es el encontrarse con Monstruos Perfectos (Capote dixit).

Aunque la película está basada en una novela espantosa escrita por la insípida Lauren Weisberger, la adaptación es una sorpresa, al trascender lo banal del material para explorar, aún si muy someramente, la relación entre el monstruo y la joven y cómo ambos se nutren mutuamente. El episodio al que me remite es que, igual que la tal Weisberger y su alter-ego Andy Sachs (aquí interpretada con gusto y carisma por la primorosa Anne Hathaway), yo también comencé mi carrera con un jefe que algunos podrían calificar como monstruo.

Yo era muy joven (21 años), y realmente nunca había pensado en dedicarme al periodismo (yo lo que deseaba era ser escritor), así que mi entrada al medio fue completamente fortuita -nunca estudié para esto-, y si bien la fuente por la que entré (Moda y Sociedad) no era exactamente mi sueño dorado, fue una buena puerta… aún con sus bemoles.

En la novela y parcialmente en la película, el personaje de Miranda es pintado como un monstruo egocéntrico que hace exigencias que no pueden acercarse a la realidad, y de hecho, ni siquiera lo pretenden. Vaya que yo conozco de primera mano exigencias tales, pero en otra proporción.

¿Quieres dos días de vacaciones? Sí, pero deja adelantado un mes de trabajo. Trabajar los domingos mientras el jefe asiste a comidas con sus cuates. Llamadas a deshoras (¿qué estás haciendo?), juntas impromptu -para acompañar al jefe en su casa a ver su telenovela favorita-, berrinches irracionales, pataletas, lluvia de oprobios por pecados inexplicables (“¿por qué chingaos nadie contesta el teléfono al primer timbrazo? ¡Son unos inútiles y unos idiotas!”), etcétera.

Claro, yo no sólo era asistente y amanuense, sino tambiénn fungía según se ofreciera, como “negro” literario, damo de compañía, enfermero y hasta intérprete; pero en cada situación (las divertidas, las terroríficas y hasta las humillantes, que también hubo) procuré siempre estar con ojos bien abiertos para aprender todo lo que pude y realmente agradezco cada escenario y enseñanza, tanto malo como bueno -ciertamente no habría podido soportar la presión de otros trabajos que tuve después-, por ejemplo, si no hubiera pasado por ahí, amén de que ahí fue donde aprendí cómo sacar de la nada un texto de dos páginas o bien, cómo escuchar para preguntar que es a lo que ahora me dedico.

Es cierto, a veces sentía que no era feliz (aunque mirándolo en retrospección, sí lo era), y cuando renuncié a ese empleo no sabía lo que me iba a pasar… pero ahora descubro, ya como freelancer y casi dos décadas más tarde, que haber obtenido ese empleo es una de las mejores cosas que me ocurrieron… y dejarlo, es una de las mejores cosas que hice.

Ver a la Streep en esta película, me recordó un poco -no… ¡Un bastante! Aunque yo no usaba ropa tan espectacular- esa época de mi vida y me hizo sonreír mucho, no sin una cierta ternura.

Dios nos guarde, ¡cómo ha pasado el tiempo! Ahora que lo pienso, efectivamente, para bien o para mal, he hecho lo que he querido: he ido varias veces al centro de la tierra, he encontrado uranio, rubíes y oro [o bien, gente que vale su peso en oro]; también he encontrado y hablado largo y tendido con monstruos perfectos -es mi pan de cada día-, he dejado que algunos me coleccionen como yo he coleccionado a otros y tal vez ahora sí pueda irme a vivir al campo.

Aunque tal vez no al campo, pero…